Diario de una confinada (día 72)

mayo 27, 2020

Diario de una confinada (día 72)

Nunca más

Yo la próxima vez me confino con alguien que cocine. Ya os aviso. Y no digo más. Me da lo mismo en una casa rural que en un casoplón con salida al mar. Pero vamos, nunca más. Es por el tema de las medidas. Un ratín, según lo vayas viendo, un poquito, una pizca… Pero qué es todo esto. Qué instrucciones son estas. He mirado y sí, una pizca es una medida. Pásmate.

Para mí los cacharros son un misterio. Como la misteriosa desaparición de todos los runners del río ahora que han abierto las terrazas. O la manera en la que se lo ha montado mi hija para pirarse las clases conmigo delante. En su habitación estaba. Lo sé porque no se puede entrar y apenas salir. A no ser que seas un atleta y te haya dado por el salto de obstáculos. Tiene el trípode con la cámara montado según entras. Que está buscando la luz, dice. Hija, por un momento hasta me iluminó. Pensé en algo filosófico y eso. Pues no. Luz para hacerse fotos.

Mira, me dio la oportunidad de sacar todo el repertorio de mi madre. Entero. Desde ni peros ni peras ni manzanas, hoy de comer hay comida, mientras estés en esta casa harás lo que yo diga, qué pasa que si tus amigos se tiran por un puente tú vas detrás o qué, las cosas están en su sitio, lo que le dejen hacer a fulanita a mí me da igual, a ver si te crees que yo soy Alemania para andar soltando dinero, en esta casa no se compra nada más que yo no soy la madre de las Kardashian, me da igual que hayáis suspendido todos a mí lo que me importa son tus suspensos, no tardes y me traes la vueltas que no soy el Banco de España, esto nunca más, que sea la última vez… Ah, y también le dije lo de ponte una chaqueta que tengo frío. Y sin rechistar

Me hubiera gustado más la técnica de mi padre, que te miraba y te entraba lo que te tenía que entrar, tres cosas, a saber, hambre, silencio o sueño. Pero claro, cuando lo hago mi hija me pone de Trankimazín. Que qué me pasa, pregunta.

Estoy por estar en Babia. De verdad. O en Luna. Como cuando mi padre nos llevaba en busca del trilobites, montaña arriba. No sé si alguna vez lo encontramos, pero aquellos días de madrugones y cuestas infinitas eran para mí un tesoro. Como la colección de fósiles. Quizá de entonces mi afición a las piedras, a sus colores, a acariciarlas y quedarme con su tacto, a llevarlas en los bolsillos y dejárselas cada día de difuntos en homenaje a la vida.

Hoy, a las 12, cogeré una piedra en mi mano y guardaré silencio. Por los que se han ido. Por los que vivirán mientras nos dure la memoria. Para que nunca más. Hasta mañana. Cuidaos mucho.

Susana Vergara Pedreira


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